lunes, 23 de octubre de 2017

Poema: Sentada bajo el almendro



Sentada bajo el almendro

Sentada bajo el almendro
y a un lado el sol
y del mismo lado el ramaje
y en la espalda
una hormiga negra
me pica
y la piel se me eriza.

Brilla el sol.
Se mueve el ramaje
y yo escribo versos
bajo el almendro
que se mueve.
Y en la espalda
el escozor
de una hormiga extinta
que inyectó en mí su dolor.




lunes, 25 de septiembre de 2017

Poema



Declina el sol

Declina el sol
y las golondrinas
revolotean sobre mi cabeza.

Una paloma
contempla la tarde
en su declinar.

A lo lejos
una bandada de garzas
avanza a toda prisa
y la tarde continúa
sin detenerse.

Y mi amor por ti crece,
mientras la tarde desaparece.

Poema





Bocana

¡Cómo cambia la boca
de la playa de Cangrejo!

Y el sonido de un avión agita el paisaje.
Y el agua de la bocana en calma retrocede hacia el río.
Y la lluvia con sus hilos inclinados cae en su lecho
Y sopla el viento
Y el  avión deja escuchar su último aliento.

y los amantes inician su paseo bajo la lluvia.
Y la boca parece cambiar a cada momento:
Aquí, allá…
Lejos del centro.

-Aquí, allá, junto a ti.
-Aquí, allá, junto a mí.

Pero ahora está allá,
lejana, solitaria y distante.

-¿Dime bocana cómo puedes cambiar en cualquier instante?

-¿Dónde te encontraré
la próxima vez?

-¿Aquí, allá..?
-No lo sé.



lunes, 11 de septiembre de 2017




                                             Doña Sanica
             Era cerca del mediodía. Y aunque había algunas nubes en el cielo, y hacía mucho calor y una sensación de humedad se sentía en el ambiente,
Ali entró al vivero acompañada de su esposo y, aunque su deseo hubiera sido hacer un recorrido y detenerse a contemplar cada plantita, sólo recorrió algunos senderos.
Se detuvo a contemplar los anturios y las suculentas.
Detrás de ella, su esposo la contemplaba.
      Ali era una maestra soñadora que ocupaba parte de su tiempo libre a hacer jardinería en la azotea del tercer piso del apartamento que alquilaba.
      El esposo de Ali continuaba observándola. Ella caminaba por el sendero lateral derecho.
De repente, se detuvo. Y regresó al sendero opuesto.
__ Quiero regresar otro día y quedarme aquí un buen tiempo. Es muy placentero estar aquí __ Dijo Ali.
__ Así  es __Contestó el hombre que los estaba atendiendo.
Ali no contestó y continuó avanzando.
__ Quiero una plantita de estas __ dijo__. Señalando unas plantitas de flores muy alegres.
__ Se llaman Sanica __ Le dijo el hombre.
Ella sacó su libreta y lo anotó para que no se le olvidara el nombre.
Ali quedó muy entusiasmada con la plantita.
Era una plantita nueva para ella. Nunca la había visto.
Cuando llegó a su casa colocó su hermosa y nueva  planta junto a las otras.
y se dispuso a investigar en  internet y, encontró que el nombre de la plantita para su país era “Doña Sanica” y que el nombre científico era “Talanca Camara”.
 
 Pasaron varias puestas de sol desde  que Ali compró la plantita de Sanica.
       Declinaba el sol y las golondrinas revoloteaban sobre la azotea y sobre la cabeza de Ali.
Una paloma contemplaba la tarde en su declinar.
Ali pensaba.
__ Tengo que ir a caminar.
      A lo lejos una bandada de garza avanzaba a toda prisa y la tarde continuaba sin detenerse en su declinar.
Ali también avanzaba en su caminata.
Pasando junto a la casa de la hermana Sonia, no podía creer lo que miraban sus ojos. En la esquina, casi en la acera, al pie de una pequeña palmera: una plantita de Sanica.
Pensó: _ ¡Qué extraño! Siempre paso por aquí y nunca la había visto.
De regreso, pasó por la calle de Josefa y Gumercinda y, justo en la esquina, incrustada al pie de un poste del tendido eléctrico, movida por el viento, se engalanaba otra plantita de Sanica.
_OH _ suspiró. Y se detuvo a contemplarla.
              Al día siguiente. 
        __ ¿Y qué ruta tú haces? __ Le preguntó Jeini a Ali.
Jeini era la hermana mayor de Ali, y ese día la iba a acompañar a caminar.
__ Sigo toda la calle principal y luego doblo por Boca Nueva, pero hoy quiero cambiar la ruta.
Ali quería pasar por donde se pone el hombre del pescado, para comprobar si lo que habían visto sus ojos, cuando regresaba del trabajo, era lo que estaba pensando.
__ Mira una aquí __ dijo la hermana de Ali, señalando una plantita de Sanica.
__ Y mira otra allá __ Volvió a decir, sin que Ali pudiera reponerse de su asombro.
Por fin dijo:
___ Es lo que te estaba diciendo: Ahora están por todos lados.
___ Y te las vas a seguir encontrando __ expresó su hermana sin ningún entusiasmo.

          Se dirigieron a la esquina del hombre del pescado y, efectivamente, allí estaba. Con sus colores al viento, una florecida plantita de Sanica.
Tomaron algunas ramitas y semillas para sembrar.
           Comenzó a caer la noche y grandes nubarrones cubrían el cielo.
La lluvia fue anunciada por las golondrinas al atardecer.
Pero ninguna golondrina se quedó para verla caer.
Sentada en la azotea, Ali reflexionó: “El que no sabe es como el que no ve”.
         Hoy, al llegar al trabajo, Ali vio una plantita de Sanica en el jardín frontal.
        Y, al salir, vio otra y otra…

                                      Alida Hernández. (22 de marzo de 2017)













Cuento



                                Empleadores

        La profesora Anita se sintió sin fuerzas para seguir trabajando una tanda completa. 

Entonces se dirigió a la oficina del dueño del colegio.

--- Don Benigno, tengo un problema muy serio de salud, si así usted lo considera, necesito que me permita trabajar sólo  hasta  la una de la tarde.
   
  La profesora continuó explicando otros detalles de su condición, y cuando terminó de hablar lo miró fijamente, en espera de una respuesta.
   
  Anita era de mediana estatura, pelo corto, ojos pequeños y nariz grande. Vestía elegantemente y su  cara siempre estaba bien maquillada.
    
 Con su entusiasmo y alegría inspiraba a sus compañeros, quienes recibían sus consejos y se divertían con su buen humor.
      
 Tenía ocho años trabajando en el colegio, pero había enfermado y ya no tenía fuerzas para trabajar.
-      Bueno profesora, comprendo su situación, pero usted sabe que eso tiene una implicación económica.
    
  Aunque no era justo que le bajaran el sueldo, porque desde hacía varios años ella no había recibido aumento, estaba dispuesta, en última instancia, a sufrir ese sacrificio.
-     
 Hablaré con el director para que considere lo del nuevo horario, y  a más tardar mañana usted tendrá una respuesta.
-    
  Muchísimas gracias, Don Benigno.
   
   La profesora Anita salió de la oficina. Se acomodó la bufanda azul alrededor del cuello y se dirigió al salón de profesores.
     
 Subió lentamente los escalones, pensando en lo beneficioso que sería para ella trabajar menos horas.
-      Descansaré y tendré más energía para realizar mis quehaceres.- Se dijo en voz baja.
     
 Cuando terminó de subir el último escalón, se volteó para contemplar el día. Era un día claro y  sin indicios de lluvia, pero de repente, ante sus ojos, un manto negro cubrió el firmamento y cayó la lluvia con su canto debajo del manto.

Entró al salón de profesores y se quedó allí, pensativa, escuchando el canto de la lluvia.

  Al día siguiente, fue citada a la oficina de la coordinadora académica.
-      Siéntate, Anita. – Le dijo ella con voz altanera.

Afuera el sol irradiaba su luz tratando de secar la humedad del suelo.

     La oficina era pequeña, con un escritorio de cristal y un acondicionador que en lugar de aire, echaba ruido.
    
  La coordinadora, no ocupó el sillón principal que le correspondía en el escritorio, sino que se sentó en la otra silla, junto a la profesora.
-       Anita, me preocupa tu salud. Me han dicho que andas muy desanimada y que has renunciado a todo.
La profesora Anita se quedó helada. No creía lo que oía.
-      No estoy desanimada. Sólo que tengo pocas fuerzas. – Le contestó en tono amable, pero firme.
-      Pero dígame, ¿A qué he renunciado?
-      Al concurso de cuentos. – Se apresuró a contestar la coordinadora.
-      No es mi responsabilidad organizar el concurso. Mi responsabilidad es motivar a los alumnos para que escriban.

Anita, hizo una pausa y luego continuó.

-      ¿Y a qué más he renunciado?

No hubo respuesta.
-      
 Bueno, me han dicho que tu desempeño como maestra no ha sido el mejor en este segundo período.
Al decir esto desvió la mirada y, con tono cínico, continuó.
-      Y, como tú comprenderás, me preocupa que tu estado de ánimo afecte el rendimiento académico de los alumnos.

Todo estaba claro. Por segunda vez, la coordinadora trataba de denigrar el trabajo de la profesora Anita. La primera vez fue porque ella se atrevió a emplazar al entonces director. Y ahora porque se negó a distribuir los afiches del concurso de cuentos.
-     
 ¡Qué extraño! – dijo Anita, levantándose de su asiento, que estando yo tan desanimada haya motivado, recientemente, a casi toda la escuela a escribir poemas.

Y dicho esto salió de la oficina y se dirigió al patio. Se sentó debajo del almendro. A un lado el sol, y del mismo lado el ramaje. Y comenzó a escribir versos.
          
    Una semana después, todavía la profesora Anita continuaba esperando una respuesta a su  petición.
-     
 Profesora Anita, don Benigno me habló y me tengo que reunir con usted. – Le dijo el director cierto día, pero nada ocurrió.
   
  Cansada ya de esperar, la profesora se dirigió a su oficina. Se detuvo en el umbral. La puerta estaba abierta y él estaba sentado en su sillón, mostrándole algo desde su tableta a su secretaria.
-     
 Buenas..., Disculpe, señor director. Necesito hablar con usted.
-      Claro profesora. Entre y siéntese.
La secretaria se retiró y cerró la puerta tras sí.  
-      Yo también quiero decirle algo sobre la petición que usted le hizo a don Benigno.
-      De eso es precisamente que quiero hablarle, pues me quedé esperando…
-      Discúlpeme, profesora. Es que estuve muy ocupado en estos últimos días. Y…  - Prosiguió.-   Fíjese,  su caso es muy complejo. Yo no puedo modificar el horario.
     Hablaba como si nunca hubiera contemplado la crisis de pérdida de energía que sufrió la profesora Anita, hacía apenas una semana.
-      Sería muy difícil para mí reubicar veinte horas de clases, además ya el año escolar está terminando.
-      Está bien. Muchísimas gracias, señor director.

    La oficina se llenó de un aire de indignación e indiferencia. A fuera brillaba el sol y una hormiga negra caía del almendro.

-      Se siente usted bien, profesora Anita,
-      Sí, muy bien gracias a Dios.
-      Lo dice por... o en verdad está bien?
-      No, no… Estoy muy bien, gracias a Dios.
Y La profesora  se levantó de la silla y se dispuso a salir de la oficina.
Próximo a la puerta, escuchó la voz del director.

-      Disculpe profesora Anita, hágame el favor de cubrirme en séptimo grado  a las doce y quince que el profesor Ramírez no vino. Aquí tengo…

La profesora continuó caminando y no alcanzó a escuchar las últimas palabras.
     
 Bajó lentamente los escalones y se sentó a escribir versos debajo del almendro. Otra hormiga negra cayó sobre su espalda e inyectó en ella su veneno.
                                                                  
                                                                                       ÁHM