lunes, 11 de septiembre de 2017

Cuento



                                Empleadores

        La profesora Anita se sintió sin fuerzas para seguir trabajando una tanda completa. 

Entonces se dirigió a la oficina del dueño del colegio.

--- Don Benigno, tengo un problema muy serio de salud, si así usted lo considera, necesito que me permita trabajar sólo  hasta  la una de la tarde.
   
  La profesora continuó explicando otros detalles de su condición, y cuando terminó de hablar lo miró fijamente, en espera de una respuesta.
   
  Anita era de mediana estatura, pelo corto, ojos pequeños y nariz grande. Vestía elegantemente y su  cara siempre estaba bien maquillada.
    
 Con su entusiasmo y alegría inspiraba a sus compañeros, quienes recibían sus consejos y se divertían con su buen humor.
      
 Tenía ocho años trabajando en el colegio, pero había enfermado y ya no tenía fuerzas para trabajar.
-      Bueno profesora, comprendo su situación, pero usted sabe que eso tiene una implicación económica.
    
  Aunque no era justo que le bajaran el sueldo, porque desde hacía varios años ella no había recibido aumento, estaba dispuesta, en última instancia, a sufrir ese sacrificio.
-     
 Hablaré con el director para que considere lo del nuevo horario, y  a más tardar mañana usted tendrá una respuesta.
-    
  Muchísimas gracias, Don Benigno.
   
   La profesora Anita salió de la oficina. Se acomodó la bufanda azul alrededor del cuello y se dirigió al salón de profesores.
     
 Subió lentamente los escalones, pensando en lo beneficioso que sería para ella trabajar menos horas.
-      Descansaré y tendré más energía para realizar mis quehaceres.- Se dijo en voz baja.
     
 Cuando terminó de subir el último escalón, se volteó para contemplar el día. Era un día claro y  sin indicios de lluvia, pero de repente, ante sus ojos, un manto negro cubrió el firmamento y cayó la lluvia con su canto debajo del manto.

Entró al salón de profesores y se quedó allí, pensativa, escuchando el canto de la lluvia.

  Al día siguiente, fue citada a la oficina de la coordinadora académica.
-      Siéntate, Anita. – Le dijo ella con voz altanera.

Afuera el sol irradiaba su luz tratando de secar la humedad del suelo.

     La oficina era pequeña, con un escritorio de cristal y un acondicionador que en lugar de aire, echaba ruido.
    
  La coordinadora, no ocupó el sillón principal que le correspondía en el escritorio, sino que se sentó en la otra silla, junto a la profesora.
-       Anita, me preocupa tu salud. Me han dicho que andas muy desanimada y que has renunciado a todo.
La profesora Anita se quedó helada. No creía lo que oía.
-      No estoy desanimada. Sólo que tengo pocas fuerzas. – Le contestó en tono amable, pero firme.
-      Pero dígame, ¿A qué he renunciado?
-      Al concurso de cuentos. – Se apresuró a contestar la coordinadora.
-      No es mi responsabilidad organizar el concurso. Mi responsabilidad es motivar a los alumnos para que escriban.

Anita, hizo una pausa y luego continuó.

-      ¿Y a qué más he renunciado?

No hubo respuesta.
-      
 Bueno, me han dicho que tu desempeño como maestra no ha sido el mejor en este segundo período.
Al decir esto desvió la mirada y, con tono cínico, continuó.
-      Y, como tú comprenderás, me preocupa que tu estado de ánimo afecte el rendimiento académico de los alumnos.

Todo estaba claro. Por segunda vez, la coordinadora trataba de denigrar el trabajo de la profesora Anita. La primera vez fue porque ella se atrevió a emplazar al entonces director. Y ahora porque se negó a distribuir los afiches del concurso de cuentos.
-     
 ¡Qué extraño! – dijo Anita, levantándose de su asiento, que estando yo tan desanimada haya motivado, recientemente, a casi toda la escuela a escribir poemas.

Y dicho esto salió de la oficina y se dirigió al patio. Se sentó debajo del almendro. A un lado el sol, y del mismo lado el ramaje. Y comenzó a escribir versos.
          
    Una semana después, todavía la profesora Anita continuaba esperando una respuesta a su  petición.
-     
 Profesora Anita, don Benigno me habló y me tengo que reunir con usted. – Le dijo el director cierto día, pero nada ocurrió.
   
  Cansada ya de esperar, la profesora se dirigió a su oficina. Se detuvo en el umbral. La puerta estaba abierta y él estaba sentado en su sillón, mostrándole algo desde su tableta a su secretaria.
-     
 Buenas..., Disculpe, señor director. Necesito hablar con usted.
-      Claro profesora. Entre y siéntese.
La secretaria se retiró y cerró la puerta tras sí.  
-      Yo también quiero decirle algo sobre la petición que usted le hizo a don Benigno.
-      De eso es precisamente que quiero hablarle, pues me quedé esperando…
-      Discúlpeme, profesora. Es que estuve muy ocupado en estos últimos días. Y…  - Prosiguió.-   Fíjese,  su caso es muy complejo. Yo no puedo modificar el horario.
     Hablaba como si nunca hubiera contemplado la crisis de pérdida de energía que sufrió la profesora Anita, hacía apenas una semana.
-      Sería muy difícil para mí reubicar veinte horas de clases, además ya el año escolar está terminando.
-      Está bien. Muchísimas gracias, señor director.

    La oficina se llenó de un aire de indignación e indiferencia. A fuera brillaba el sol y una hormiga negra caía del almendro.

-      Se siente usted bien, profesora Anita,
-      Sí, muy bien gracias a Dios.
-      Lo dice por... o en verdad está bien?
-      No, no… Estoy muy bien, gracias a Dios.
Y La profesora  se levantó de la silla y se dispuso a salir de la oficina.
Próximo a la puerta, escuchó la voz del director.

-      Disculpe profesora Anita, hágame el favor de cubrirme en séptimo grado  a las doce y quince que el profesor Ramírez no vino. Aquí tengo…

La profesora continuó caminando y no alcanzó a escuchar las últimas palabras.
     
 Bajó lentamente los escalones y se sentó a escribir versos debajo del almendro. Otra hormiga negra cayó sobre su espalda e inyectó en ella su veneno.
                                                                  
                                                                                       ÁHM

















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