Empleadores
La profesora Anita se sintió sin fuerzas
para seguir trabajando una tanda completa.
Entonces se dirigió a la oficina del
dueño del colegio.
--- Don Benigno, tengo un problema
muy serio de salud, si así usted lo considera, necesito que me permita trabajar
sólo hasta la una de la tarde.
La profesora continuó explicando otros detalles de su condición, y
cuando terminó de hablar lo miró fijamente, en espera de una respuesta.
Anita era de mediana estatura, pelo corto, ojos pequeños y nariz grande.
Vestía elegantemente y su cara siempre
estaba bien maquillada.
Con su entusiasmo y alegría inspiraba a sus compañeros, quienes recibían
sus consejos y se divertían con su buen humor.
Tenía ocho años trabajando en el colegio, pero había enfermado y ya no
tenía fuerzas para trabajar.
-
Bueno profesora, comprendo su
situación, pero usted sabe que eso tiene una implicación económica.
Aunque no era justo que le bajaran el
sueldo, porque desde hacía varios años ella no había recibido aumento, estaba
dispuesta, en última instancia, a sufrir ese sacrificio.
-
Hablaré con el director
para que considere lo del nuevo horario, y
a más tardar mañana usted tendrá una respuesta.
-
Muchísimas gracias, Don
Benigno.
La profesora Anita salió de la oficina.
Se acomodó la bufanda azul alrededor del cuello y se dirigió al salón de
profesores.
Subió lentamente los escalones, pensando
en lo beneficioso que sería para ella trabajar menos horas.
-
Descansaré y tendré más
energía para realizar mis quehaceres.- Se dijo en voz baja.
Cuando terminó de subir el último
escalón, se volteó para contemplar el día. Era un día claro y sin indicios de lluvia, pero de repente, ante
sus ojos, un manto negro cubrió el firmamento y cayó la lluvia con su canto
debajo del manto.
Entró
al salón de profesores y se quedó allí, pensativa, escuchando el canto de la
lluvia.
Al día siguiente, fue citada a la oficina de
la coordinadora académica.
-
Siéntate, Anita. – Le
dijo ella con voz altanera.
Afuera
el sol irradiaba su luz tratando de secar la humedad del suelo.
La oficina era pequeña, con un escritorio
de cristal y un acondicionador que en lugar de aire, echaba ruido.
La coordinadora, no ocupó el sillón
principal que le correspondía en el escritorio, sino que se sentó en la otra silla,
junto a la profesora.
-
Anita, me preocupa tu salud. Me han dicho que
andas muy desanimada y que has renunciado a todo.
La
profesora Anita se quedó helada. No creía lo que oía.
-
No estoy desanimada.
Sólo que tengo pocas fuerzas. – Le contestó en tono amable, pero firme.
-
Pero dígame, ¿A qué he
renunciado?
-
Al concurso de cuentos.
– Se apresuró a contestar la coordinadora.
-
No es mi
responsabilidad organizar el concurso. Mi responsabilidad es motivar a los
alumnos para que escriban.
Anita,
hizo una pausa y luego continuó.
-
¿Y a qué más he
renunciado?
No
hubo respuesta.
-
Bueno, me han dicho que
tu desempeño como maestra no ha sido el mejor en este segundo período.
Al
decir esto desvió la mirada y, con tono cínico, continuó.
-
Y, como tú comprenderás,
me preocupa que tu estado de ánimo afecte el rendimiento académico de los
alumnos.
Todo
estaba claro. Por segunda vez, la coordinadora trataba de denigrar el trabajo
de la profesora Anita. La primera vez fue porque ella se atrevió a emplazar al
entonces director. Y ahora porque se negó a distribuir los afiches del concurso
de cuentos.
-
¡Qué extraño! – dijo Anita,
levantándose de su asiento, que estando yo tan desanimada haya motivado,
recientemente, a casi toda la escuela a escribir poemas.
Y
dicho esto salió de la oficina y se dirigió al patio. Se sentó debajo del
almendro. A un lado el sol, y del mismo lado el ramaje. Y comenzó a escribir
versos.
Una semana después, todavía la
profesora Anita continuaba esperando una respuesta a su petición.
-
Profesora Anita, don
Benigno me habló y me tengo que reunir con usted. – Le dijo el director cierto
día, pero nada ocurrió.
Cansada ya de esperar, la profesora se
dirigió a su oficina. Se detuvo en el umbral. La puerta estaba abierta y él estaba
sentado en su sillón, mostrándole algo desde su tableta a su secretaria.
-
Buenas..., Disculpe,
señor director. Necesito hablar con usted.
-
Claro profesora. Entre
y siéntese.
La
secretaria se retiró y cerró la puerta tras sí.
-
Yo también quiero
decirle algo sobre la petición que usted le hizo a don Benigno.
-
De eso es precisamente
que quiero hablarle, pues me quedé esperando…
-
Discúlpeme, profesora.
Es que estuve muy ocupado en estos últimos días. Y… - Prosiguió.- Fíjese, su caso es muy complejo. Yo no puedo modificar
el horario.
Hablaba como si nunca hubiera contemplado
la crisis de pérdida de energía que sufrió la profesora Anita, hacía apenas una
semana.
-
Sería muy difícil para
mí reubicar veinte horas de clases, además ya el año escolar está terminando.
-
Está bien. Muchísimas
gracias, señor director.
La oficina se llenó de un aire de
indignación e indiferencia. A fuera brillaba el sol y una hormiga negra caía
del almendro.
-
Se siente usted bien,
profesora Anita,
-
Sí, muy bien gracias a
Dios.
-
Lo dice por... o en verdad
está bien?
-
No, no… Estoy muy bien,
gracias a Dios.
Y
La profesora se levantó de la silla y se
dispuso a salir de la oficina.
Próximo
a la puerta, escuchó la voz del director.
-
Disculpe profesora Anita,
hágame el favor de cubrirme en séptimo grado a las doce y quince que el profesor Ramírez no
vino. Aquí tengo…
La
profesora continuó caminando y no alcanzó a escuchar las últimas palabras.
Bajó lentamente los escalones y se sentó
a escribir versos debajo del almendro. Otra hormiga negra cayó sobre su espalda
e inyectó en ella su veneno.
ÁHM
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