sábado, 9 de septiembre de 2017

Poema/ Yerto en el ataúd




Yerto en el ataúd
(A la memoria de Fernando García)

Yerto en el duro ataúd.
Quieto, callado, ausente
en medio de tanta gente.
Yaces ahí dormido entre coronas de flores doradas
que no irán más allá de la tumba helada.

Yerto en el ataúd
no puedes escuchar el llanto
de amigos que te quieren tanto,
que no entienden ni comprenden
por qué si vas a morir, nace la gente.

Yerto en el ataúd,
 pasan las horas
que ya no te afecta, porque ahora vives sin tiempo.
Es lo mismo el crepúsculo que la aurora.
¿Qué más da sin son lentas o largas las horas?


Mirándote en el ataúd,
meditan todos
en que un día se verán de igual  modo.
Y por más que se esfuerzan,
su mente no comprende:
Cómo termina la vida de repente.


Sí, la vida…
Dice su autor, el Dios creador
que es neblina, y aunque es vida,
es el inicio de la muerte.
Pues si queremos hablar de vida,
tendremos, inevitablemente,
que hablar de tal suerte.


Sí, la muerte…
 aguijón silente,
agudo, punzante,
 que todo lo interrumpe en un instante:
un viaje, un disfrute, un bien…
Nada la conmueve,
la atemoriza o la detiene.
Así debe ser: es la paga del pecado también.

¿Por qué aferrarte, entonces,
a lo que no permanece?
¡Detente!
Mira a tu alrededor:
ronda la muerte.

Yerto en el ataúd,
 ahora en medio del Templo,
en una ceremonia de cuerpo presente.
Nuevamente, medita la gente:
¿Cómo serán recordados
 cuando les llegue la muerte?

¿Por obras de amor?
Así cantamos.
Está de acuerdo todo el rebaño,
que en todos estos años,
fuiste una oveja
en la pradera de los campos del Buen Pastor.
¡Oh, Señor! Sólo a ti damos loor.


Predica el pastor: (Su voz se quiebra,
Sopla el viento,
se llena de silencio el templo)
“Todos están aquí, no por la familia
Sino por el muerto” (Triste encuentro)
“Que para él el vivir es Cristo y el morir ganancia,
lo comprendió nuestro amado hermano,
en su vida de acción y en el lecho del dolor.
(Concluye el pastor)

Suenan las campanas.
 Prorrumpe el llanto.
La losa fría espera en el campo santo,
llena de dolor y quebranto.
Ya nadie tu canto  escuchará
y  tú guitarra callará…
Y nadie te verá subiendo lomas,
ni componiendo versos
mientras el sol se asoma.
Tu cuerpo continuará yerto
por poco tiempo.
Ausente para siempre
porque no hay retorno de la muerte.

¿Y el alma?
El alma de Fernando reposa en calma
en la presencia del Señor,
 Rey Soberano y amado redentor.

                                             Álida Hernández
                                           (9 de febrero de 2017)















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